El sector superó al petróleo en exportaciones y ofrece lecciones de productividad y gestión empresarial.
El petróleo dejó de ser el líder indiscutible de las exportaciones ecuatorianas. En 2025, el camarón tomó su lugar. Según cifras oficiales del Banco Central del Ecuador (BCE), las ventas externas de este producto alcanzaron alrededor de USD 8.400 millones, superando los ingresos petroleros del mismo período y confirmando un cambio estructural en la matriz exportadora del país.
Hace veinte años, la actividad camaronera ocupaba un lugar secundario dentro de la canasta exportadora. Hoy encabeza las ventas externas y simboliza una diversificación productiva que parecía improbable a inicios de siglo.
¿Cómo ocurrió esta transformación? Esa fue la pregunta que se analizó en la sesión de Continuidad del IDE Business School sobre “Aprendizajes de la industria camaronera del Ecuador”, liderada por el profesor Daniel Susaeta, director del Área de Fundraising del IDE, quien destacó las claves detrás de este desempeño sostenido.
“Lo relevante no es solo que el camarón haya superado al petróleo, sino entender por qué logró hacerlo en un entorno de alta incertidumbre global”, afirmó Susaeta.
Durante ese período, la cadena productiva multiplicó su volumen exportado pese a enfrentar crisis sanitarias como el síndrome de Taura y la mancha blanca, fenómenos climáticos como El Niño, caídas en los precios internacionales y disrupciones logísticas globales. Más recientemente, también ha debido sortear barreras comerciales en mercados como Colombia, Brasil, Corea del Sur y Estados Unidos.
No fue el precio. Fue la productividad. “El sector no creció por suerte; creció porque hizo los deberes cuando otros esperaban mejores condiciones”, subrayó el académico.En su análisis, Susaeta identificó cuatro impulsores estratégicos: adopción tecnológica sostenida, obsesión por la eficiencia operativa, integración vertical en la cadena de valor y diversificación de mercados. La expansión hacia Asia, particularmente China, permitió consolidar economías de escala y acelerar el crecimiento del volumen exportado. La evolución no fue lineal ni exenta de costos. Hubo productores que quedaron fuera del mercado, lo que aceleró procesos de concentración, alianzas estratégicas y profesionalización empresarial. Las compañías que apostaron por escala, inversión y control riguroso de variables biológicas lograron capturar mayor valor en un entorno competitivo.
“La tecnología dejó de ser una ventaja; se convirtió en un requisito de supervivencia”, señaló Susaeta al describir el paso de prácticas que tenía rasgos artesanales hacia una industrialización avanzada basada en datos, control y eficiencia.
Más allá del resultado exportador, el caso ofrece una lección transversal para otros sectores productivos que se enfrentan a la volatilidad internacional. “En contextos inciertos, la ventaja competitiva no se construye esperando mejores precios, sino gestionando mejor los procesos internos”, concluyó el académico.
El ascenso del camarón no solo modificó el ranking de exportaciones. También cambió la conversación sobre competitividad en el Ecuador: menos dependencia de los ciclos externos y un mayor énfasis en gestión, productividad e innovación sostenible como pilares del crecimiento económico.